Estigmas



Cuando subimos al vagón teníamos claro que íbamos en la misma dirección, pero a lugares totalmente diferentes, entendimos entre miradas y sonrisas que hacía tiempo que estábamos vacíos, buscando vida entre romances pasajeros a los cuales pudiéramos recostar en la cama y vampirizar sus sueños, clavando el diente, pero jamás la mordida.

Nos tomamos de la mano como si pretendiéramos sostener aquello que se anhela, entrelazando los dedos y dibujando cada una de las líneas, la de la vida, la de la fortuna, la del desamor, la de la soledad; noté entonces su perfecta manicura y ella notó la falta de callos en mis manos, adivinando en ello mi pasado, mis pecados. Con el anuncio en los altavoces de cada estación nos dirigíamos una mirada cómplice, consientes de que cada vez faltaba menos. Bajamos de la mano, pretendiendo, caminamos meciendo los brazos así, absortos, nos deteníamos a robarnos besos de vez en cuando, insípidos.

Al llegar a mi casa fingí estar nervioso al buscar las llaves, en un acto estudiado al milímetro, palpando bolsos inexistentes. La tomé del cuello y la besé contra la pared que tenía una silueta marcada ya por el desgaste, por el sobre uso, por la rutina. Caminando sobre la zanja que lleva hacia la habitación nos desnudábamos, pero únicamente la ropa, en un espectáculo quirúrgico de cumplidos y sinsabores.

Me besaba el cuello con una pasión no propia de esa farsa, intentando ganar ventaja en el proceso de vampirización, con la mano le presionaba el vientre mientras con la pelvis la arrojaba conta la cabecera en espera de mi momento de triunfo. De pronto todo entro en silenció, cerré los ojos, ya no la oía gemir mentiras, la escuchaba pedir por mi, de pronto ya no la ahorcaba sino que le pasaba los dedos por la nuca mientras suavemente le contaba mis secretos al oído, a lo lejos la empecé a escuchar, sus latidos, sus palabras, no las de ese momento, pero las de dentro de diez años, sus deseos, sus lágrimas... Por un momento me detuve y mientras la veía los ojos estuvo a punto de escaparse un "te quiero" y no uno ensayado ni de los que compro en el centro por mayoreo, no, uno visceral, ciego. Fue entonces cuando la recordé, no a ella en particular, sino a ella a través de todas esas chicas que habían cruzado ya por ese pasillo, a través de todos esos estigmas por los que cruzamos camino a esta cama, la recordé trayendo su ropa y llenando a un cajón, también la recordé lanzando la mía por la ventana, recordé una tarde en Liverpool escogiendo un sillón y después nos recordé peleando por su potestad, me llegó a la nariz el olor a quemado de ese teatro que creamos pieza a pieza, me llegó el dolor de brazos por haber cargado con todo, y el dolor de hombros de haber arrojado todo por la borda, me dolió el pecho, como nunca antes me había dolido.

- Oye, aquí bajo yo.

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