Romper los lazos.

Yo desde pequeño he sido una persona sumamente curiosa, cualidad o defecto que me llevaba a enredarme en toda clase de problemas. Llegó a tal punto en el que no metía los dedos en la licuadora por la simple razón de que se encontraba en la repisa más alta de la cocina.

La primera vez que subí a un barco fue ya entrada mi adolescencia, era un crucero rumbo a una isla supuestamente paradisiaca. La idea de los viajes siempre me ponía a mil ya que ese espíritu curioso era alimentado hasta reventar por cada viaje que hacía, y viajaba mucho. De vuelta al barco, quiero dejar algo bien claro antes de seguir: el humano promedio tiene cierta resistencia hacia el mareo por medio de la estabilización del líquido que se encuentra en el oído y los vellos por los que fluye este líquido, cuando éste está en constante movimiento el cuerpo promedio se habitúa a la oscilación, y ya está, que el mío no lo hace. No, el mío en cambio está subdesarrollado y defectuoso, ninguna sorpresa claro, solo quería aclarar.

Antes de abordar recorrí el muelle con la misma agilidad con la que un gato persigue un reflejo, caminé alrededor de todo el barco grabando cada detalle de la estructura, una manía que creía muy mía pero que resulta heredé de mi padre. Cada veinte pasos había un amarre que mantenía en puerto al barco, diez para ser exactos.

Fui el último en abordar junto con una pareja de ancianos que llevaban cara de ya demasiados inviernos juntos, discutían porque el esposo reservó una habitación en uno de los pisos más bajos del barco y a la anciana no le agrado ni un poco. Yo por supuesto no tenía ni idea de porqué algo asi era malo, así que me reía mientras tapaba mi boca de su pelea sin sentido, y ellos me miraban como se mira a un perro callejero: con lástima, pero con cautela. Porque uno nunca sabe si el animal tiene rabia y atacara. Bien hecho, porque este animal tiene rabia, y moquillo, y parvo, y toda aflicción que puedan pensar. En fin, siguieron su camino y yo el mio.
Habitación ciento diez, un horror, primera planta y a un lado de una pareja con un bebé, una verdadera pesadilla.

Media hora después soltaron los amarres y no fue hasta entonces que entendí la pelea de los dos ancianos (el bebé lloraba) el movimiento era atroz, se sentía cada ola que golpeaba el casco, y yo como buena persona subdesarrollada en las habilidades de adaptación sensorial y equilibrio empecé a perder el piso, deje de sentirme como perro rabioso y pasé a sentirme como perro envenenado.

Las primeras dos horas las pasé sintiéndome como si hubiera relevado a Atlas en su titánica tarea de sostener el peso del mundo, hasta que sonó la puerta. Abrí y ahí estaba ella, una lindura de pelo negro y piel blanca, blanca como la luz, como un sueño. Y ahí estaba yo, un adolescente con la libido a cien, rabioso y envenenado. Pensé en todas las películas en las que el protagonista se acuesta con la camarera, o con la azafata, o en este caso, con la chica de pelo negro y piel blanca de la tripulación. En mi mente la tomaba del chaleco y la lanzaba al camarote y nos volvíamos unas bestias totalmente diferentes. Pero era solo la encargada de dar la bienvenida y de extender la invitación a ir a tomar la cena, nada más, no era el destino, no, era una tragedia, eso era.
Mi condición no era para nada buena como para ir a cenar, así que sonreí, di las gracias y se marchó sin más. Algo tenía que hacer ya que para alguien curioso estar encerrado tanto tiempo era una tortura. Me arme de valor y salí de la habitación decidido a subir a cubierta a mirar las estrellas. Cuando llegue el mareo ya había disminuido un poco y me senté por unos instantes a ver el cielo, acto seguido me aburrí y pensé que era el momento perfecto para explorar. Armado con la resolución de mi nueva campaña comencé a recorrer cada centímetro del barco, hasta que encontré una rata tan grande que bien pudieron haberle cobrado el pasaje. La seguí porque las ratas siempre se dirigen a los lugares más extravagantes, y tenía razón. La seguí hasta una puerta roja con un letrero de no pasar y una escotilla gigantesca, así que pase. Fue cuando lo vi por primera vez, era el corazón del barco, si, asi como lo oyen, el corazón. Una máquina enorme que bombeaba sangre y dijo llamarse Carl. Carl era el maquinista, un monstruo de dos metros y brazos de roble. Como ya mencione mi especialidad era meterme en lios, asi que cuando vi a Carl acercándose a mi apreté los ojos y esperé lo peor. Imaginen mi sorpresa cuando tomó mi brazo y empezó a mostrarme todas las válvulas, tuberías y demás maquinaria mientras balbuceaba cosas en alemán convencido de que entendía lo que me decía. Finalmente debió notar mi cara de extrañeza porque me preguntó si hablaba inglés, a lo cual sonreí y asentí. Resultó que Carl dentro de su apariencia de caramelo duro tenía un centro suave y bastante cordial. Platicamos por horas y me contó cómo había llegado a ser capitán pero había sido degradado por problemas de alcohol, y yo le conté de el sonido que hizo mi corazón cuando lo rompieron por primera vez, que por cierto no tiene nada que ver con el sonido que hace una copa al caer y explotar en el suelo, no, tiene más parecido a cuando juegas en la sala de tu casa con un balón nuevo y tiras el jarrón favorito de mamá, si, el que compró en su luna de miel en Tailandia, lo ves reventar y hacerse añicos. Le explique como una copa la sustituyes y ya esta, en cambio el jarrón debes reunir todas las piezas que están regadas por la sala y pegarlas con la pericia de un cirujano, rezar por que nadie se de cuenta de lo sucedido y vivir pretendiendo que no hay nada roto dentro de ti. Luego me contó algo sobre su hermana mayor y una cárcel de alta seguridad, y yo le conté que cuando tomo una navaja y corto mi brazo, la sangre no se desborda como en las películas y lo mucho que eso me frustra. Luego me cuenta algo más pero ya no escucho lo que dice, y comienzo a pensar en la chica de pelo negro y piel blanca, me comienzo a cuestionar si en verdad existió y si en verdad fui tan idiota como para imaginarme una escena tan ridícula. Y comienzo a pensar en todos los problemas que me pude haber evitado si no fuera tan ingenuo. Y comienzo a pensar en mis brazos y a preguntarme si existirá alguna vacuna contra esto.
Y comienza a llover en el cuarto de máquinas, una lluvia torrencial, Carl me abraza y pone mi cabeza en su hombro y me dice que cuando esta tormenta pase me sentiré mejor. Pero yo sé que miente, que cuando esta tormenta pase llegara la otra, y otra detrás de esa, y así sucesivamente, hasta que ya no quede nada.

Días después el barco llega al puerto en donde nos dejara por cinco días, así que tomo mis cosas y bajo. Una vez en el puerto veo el barco, veo como sueltan los amarres y pienso -¿Que mas puedo hacer?- Lo veo alejarse y me doy cuenta de que esta vez no perdí todo, sino mucho más. Mis ojos se comienzan a nublar y se escucha un trueno a lo lejos. Así es, la siguiente tormenta viene en camino, pienso en la chica de pelo negro y piel blanca, y se desata el diluvio.

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