La sensación de que me deshagas como a una rosa.
La conocí en un bar, casi todo sucede en un bar, yo estaba recargado en la barra platicando con amigos cuando el bartender me acercó un whisky y con las manos me señaló a una chica preciosa al otro lado del bar -debe ser un error- pensé, pero al hacer contacto visual me sonrió, recogió su trago y caminó hacia mi. Mientras lo hacía, parecía que todo el bar se olvidara de sus roles cotidianos y se concentrara en su caminar, llevaba un vestido a flores y flats, tres collares, cada uno mas largo que el siguiente, y grandes argollas en las orejas -sí definitivamente es un error-. Me dijo “hola” y me dijo “llevo toda la noche viéndote”. Su nombre es Mariana y pasó toda la noche conmigo, platicamos de tonterías y hablamos todo aquello que se habla al conocer a una persona, intercambiamos números y me dijo que yo no parecía del tipo que cumplía con hacer la primera llamada, así que ella lo haría, que lo haría pronto. Me dio un beso en la mejilla y desapareció lento, como película hollywoodense, atrayendo miradas y derrumbando quijadas, nadie lo entendía, yo menos.
Cuatro días después marcó, ella es del tipo que cumple sus promesas, siendo sincero toda aquella escena estaba a punto de desaparecer de mis recuerdos, supongo que por lo efímero de los acontecimientos. Quedamos en tomar un café porque la parte de los tragos ya nos la podíamos saltar. Esa misma tarde la vi, igual de guapa, no, quizá más a la luz del día. Nos sentamos y ella pidió un frappé con colores neón y trozos de chocolate, se veía delicioso, yo pedí un té verde. Ahora, antes de continuar quiero dejar algo bien en claro, yo nunca la engañé, nunca estuvo en mis planes que pasara todo lo que pasó, dije las cosas como eran y no omití detalles, ninguno. De vuelta a la mesa; me platicó del ex novio, de lo mal que lo había pasado a su lado y que al final, lo mejor fue terminar. Después, por supuesto, preguntó por mi, y le platiqué que también había una ex, que es la mejor mujer que he conocido, que aún pienso en ella, que aún la extraño, le dije que la vida se había empeñado en separarnos y que al final, lo logró, pero que no fue lo mejor, que no hay forma de que eso haya sido lo mejor. Y esa fue la primera vez que me hizo esto: después de oír toda la historia, después de tener bien claro que ella seguía en mi mente, en mis días, en mis noches, alzó mi taza de té y la agitó para ver si aun tenia, al ver que estaba vacía se levantó y se dirigió al mostrador a traer una nueva, me llegó por la espalda y me rodeó con los brazos mientras dejaba la taza de té en la mesa y me dio un beso en la oreja, ¿Decir? No dijo nada.
Después de ese día comenzamos a salir, como pareja me refiero, íbamos al parque, al cine, jugábamos poker con amigos y tomábamos whisky en maratones festivos. Todo bien, sí, solo bien. Rentábamos películas y ella las veía completas, nunca se dormía a la mitad de una, nunca tenía que regresarla para que viera la parte que se perdió, nunca tenía que explicarle la película cuando despertaba y se perdía entre escenas, nunca, ¿pueden creerlo? Que horror. Íbamos por helados y ella pedía por mi, de alguna forma ella siempre sabía el sabor que quería ese día y con sólo un vistazo a mi rostro decidía, yo siempre fallaba con su sabor pero ella nunca se enojaba, no, nunca se enojaba. También sabía perfectamente que los sábados, sin importar el contexto social, o el clima, o mi humor, yo siempre tomaba un vaso de whisky en las rocas, también sabía el momento exacto para dármelo, y yo apenas y podía recordar que día cumplía años, ¿y como podría? Si era tan lejano al mío. Sabía mi horario de trabajo mejor que yo y se esforzaba sobremanera para tener comida perfecta, sí, la comida siempre era perfecta, y yo no podía recordar si me dijo que le pusieron Mariana en honor a su mamá o en honor a su abuela.
Un día, después de ver una película que ansiaba por ver pero no quise ver en el cine por razones imposible para mi de explicar, se recostó en mi pecho y preguntó “Jair ¿que es lo que mas extrañas en la vida?” Y yo le dije, con el corazón en la mano, que lo que más extrañaba era cuando ella, en la noche, me pedía que le contara una historia, y a la mitad de la historia se quedaba profundamente dormida, lo profundo que tenía el sueño que hacía casi imposible despertarla, y cuando se dormía, continuar con la historia, o contarle todo aquello que ella ya sabía, besar su frente, morder su estómago, confesarle secretos increíbles, tomar su mano con la mía y entrelazar los dedos, acomodarla para poder abrazarla por detrás porque sólo así podía dormir bien. Sí que lo que más extrañaba en la vida era su forma de dormir. Escuchó mi respuesta con atención, pensé en que esta vez había ido muy lejos, que no debí ser tan insensible, pero como ya dije, yo nunca le mentí. Y me lo volvió a hacer, se levantó de la cama, sirvió un vaso con agua y me lo trajo, después de que le di un trago lo quitó de mis manos y lo colocó en la mesa de noche, se subió en mi, tomo mis mejillas y me dio un largo beso, como si nada hubiera pasado, como si nada nunca pasara, lo que pasó después se lo tendrán que imaginar.
Esto pasó mas de una vez, este tipo de situaciones, siempre con el mismo desenlace, siempre con ella haciendo como que nada había sucedido, y siempre por ella.
Un tiempo después, mientras comíamos hamburguesas en un restaurante ambientado en los sesentas, con pista de baile y rockola, tomó una papa frita de mi plato y mientras la comía pregunto “Jair ¿Que es de lo que más te arrepientes en la vida?”. Sus preguntas siempre eran así, siempre globales, siempre provocadoras. Ya para este punto había entendido que no pasaba nada si decía lo que en verdad estaba en mi mente, así que dije: “De lo que me arrepiento Mariana, es de todo aquello que pasó, de no haber puesto atención en los detalles, de haberla dejado ir, de no apreciar más todo lo que ella hacía por mi, todo lo que sacrificaba solo por alguien como yo, de no haber podido bajar la luna como prometí, de no tenerla aquí en frente mío para poderle decir todo esto, de estar atrapado en esta horrible incógnita. Me arrepiento de tener que poner esto en palabras Mariana.” Y esta, esta vez fue la última vez que esto sucedió: Tomó otra papa frita de mi plato, sacudió el cabello, se levantó y se dirigió a la rockola, pulsó los botones con calma, hasta que encontró lo que buscaba, entonces, introdujo una moneda y acto seguido empezó su canción, era -Try A Little Tenderness- de Otis Redding, una de mis canciones favoritas. Se acercó a mi como aquella vez en el bar y me estiro la mano invitándome a la pista de baile, levantándome de un solo jalón me llevó a la pista y me rodeó con los brazos, y comenzó a hablar. “Hemos estado saliendo por mucho tiempo ya Jair, prácticamente vivimos juntos, y en todo este tiempo solo te he visto sonreír de verdad cuando hablas de ella (ella sabe), y no he tenido un problema con eso, porque entiendo que la herida es profunda, que amar a alguien te puede llevar a niveles fuera de comprensión (ella entiende), pero todo este tiempo Jair, he intentado todo en mi poder, he hecho oídos sordos de todo aquello con lo que atacas, quizás de manera pasivo-agresiva pero un ataque a fin de cuentas, y duele, me duele cuando sonríes de verdad (ella siente), lo único que quiero es que todo esto funcione, lo único que quiero es ser tu sonrisa.” Cuando terminó la canción la mirada de los dos estaba clavada al piso, apretó mi mano y me llevó fuera del restaurante, solo para poder decirme esto en un lugar sin ruido, sin gente, sin distractores, aún con la mirada al piso sentenció “el problema es que tu aún no la superas”. Pude haber dicho mil cosas, puede haberla corregido, pude decirle que el problema no era ella si no yo, pude decirle que todo estaría bien, que todas estas cosas pasan, pero no, le tomé las manos y las coloque en mi cintura, con mis manos tomé sus mejillas alzando su cara, clavé mi mirada en sus ojos y dije:
-Cariño, el problema no es que yo no la logre superar, el problema es que tu nunca la superarás, nadie lo hará.


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