Sobre aquella mesa hay un pañuelo.
Todo se va, cuando abres los ojos y miras al frente se va. Todo se va, porque al frente ya no queda más que un camino aún más largo, aún más solitario. Queda el dolor de mil adioses por llegar y las lágrimas de todas esas despedidas. Porque todo se va, se escurre de ti y sale a vapor para hacerte creer que lo que se va es ponzoña.
Pero sólo lo bueno se va, sólo lo amado desaparece. Y nos queda aferrarnos, ¿pero aferrarnos a quien?, ya sabemos que lo que viene al frente es dolor y sabemos que con tan solo voltear a ver el pasado nos enseña los dientes y nos ruge con horror, porque sabemos que en el pasado lo teníamos todo, sabemos que el borde más delgado era suficiente para aferrarse.
Nos preguntamos "¿en dónde fue exactamente que lo perdimos todo?". Y tal vez ustedes no lo sepan, tal vez ustedes lo han perdido poco a poco, pero yo no, yo sé exactamente en donde fue que lo perdí todo, recuerdo el día y recuerdo la hora, recuerdo las nubes y recuerdo mi atuendo, aquella sensación de pérdida, aquel anhelo de que todo fuera un sueño y nada más. Y me invade el miedo de que no exista en este mundo un amigo, una pasión, un vicio, un "hola", que pueda llevarse todo este dolor.
También les puedo contar que aquél día, en aquella habitación, es verdad, lo perdí todo, pero al menos gané la certeza de que hay lágrimas que no se dejan de derramar, ni cuando pasa el tiempo, ni cuando llega una razón nueva, y que, desafortunadamente no hay forma de hacerlas desaparecer, de evaporarlas. Ya que aquello que vimos desaparecer no eran toxinas en efecto, era nuestra felicidad, que por sí no lo sabían, es líquida.

Comentarios
Publicar un comentario