El ermitaño ha admitido su derrota.


De nosotros ya no queda nada, porque te adiviné la partida en la mirada, te noté el cansancio de esta demora, intuí tu bola demoledora. Y por el amor que te tenía, ¡no!, por el amor que aún conservo te saqué de este lugar, de esta choza endeble que edificaste, te expulsé antes de que destruyeras este corazón, no por odio, por amor te salvé de ser aplastada por el derrumbe, tu derrumbe. Ya no te preocupes más, por la mañana me habré ido.

De nosotros ya no queda nada, de los festínes de amor que se servían a la mesa ya solo queda la pimienta, ya solo quedan las lágrimas de las cebollas. De eso banquetes de besos no existe ya ni el nombre, de esos postres de entrepierna no queda ni el temblor de las miradas. A la mesa lo único que hay son ayeres. Ya no te preocupes más, por la mañana me habré ido.

De nosotros ya no queda nada, porque cuando me preguntan si aún eres parte de mi presente solo puedo decir que lo eres, por el dolor que dejaste; el que a diario te invoca solo para arrepentirse al pensarte en otros brazos; el que se extiende al pensar que lo que más me duele no es que te hayas ido, lo que más duele es que yo aún lo daría todo por ti. Ya no te preocupes más, por la mañana me habré ido.

De nosotros ya no queda nada, porque el tiempo que estuviste no compensa el dolor del que no has estado; porque de los momentos que tuvimos no hay uno solo que atesores, porque de los momentos que tuvimos los mejores fueron los que no conocimos; porque hoy, después del terremoto, me doy cuenta de que lejos de ayudar, quedó todo peor. Pero ya no te preocupes más amor, por la mañana me habré ido.

De nosotros ya no queda nada, salvo la penitencia de recordarnos.

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