Lo que quise decir aquél día fue "Deja las maletas, volvamos a dormir".


De camino regreso a casa me pongo los audífonos y subo todo el volumen, tanto en el teléfono como en el headset, busco una lista de reproducción no muy dañina para el trayecto y le doy play. Subo al metro y camino despacio, porque ya no tengo prisa de llegar a ningún lado, la prisa la perdí hace un tiempo, salió por la puerta principal de casa y dejó el aroma de su perfume en la sala de estar, en el baño, en la cocina, en las almohadas, en mi ropa, en mi. La gente se molesta por mi lentitud y me rebasan por ambos lados, algunas veces empujándome con el hombro y muchas otras musitando algo imposible para mi de entender gracias a la bendición de mis audífonos. Cuando paso por la estación en donde se que podría encontrarla, por lo general cierro los ojos y me concentro en cualquier tontería, o simplemente busco a una chica guapa en las cercanías y me dedico de lleno a buscar todo lo que nunca podría soportar de ella, su forma de vestir, la forma de sentarse, el corte de cabello, un lunar mal acomodado, lo que sea en realidad que me de unos buenos momentos de concentración. Pero hoy no, hoy todo salió mal. No noté que en mi supuestamente inofensiva lista de reproducción estaba incluida nada más y nada menos que esa canción, la cual decidió que el momento perfecto para comenzar a sonar era justo ahí, en esa estación, en ese momento, en esta situación. En ese justo momento fue cuando comencé a ver mi cuerpo desde arriba, como una especie de espectador de mi propia debilidad. Me observe dar tres pasos hacia la puerta y bajar de un brinco certero, me grite en un par de ocasiones pero por supuesto que no me podía escuchar debido a la maldición de mis audífonos, no había modo de advertirme de la posesión de la que estaba siendo víctima, no había forma de parar la inercia que esa canción introdujo en mis músculos y que indudablemente me estaba llevando a ella. Me vi caminar un par de cuadras y llegar al porche de su casa, de su nueva casa.

Alce el brazo y justo antes de tocar el timbre logré introducirme una vez más en mi cuerpo y retomar el control de toda esta ridicules. Me quedé un par de segundo dibujando círculos con el dedo alrededor del timbre hasta que por fin me convencí de no hacerlo, recargué la cabeza en la puerta y resople en un claro signo de victoria. Me quité los audífonos y me dije en voz alta “Idiota.”, me mordí el labio inferior y me di un par de palmadas en las mejillas. Y verán, entre todo mi menaje de fallos y errores tengo entre ellos el de cantar victoria muy pronto. Fue cuando lo escuché, a lo lejos, su risa. Esa misma risa que me transportaba a un lugar más allá de mi propia comprensión, y por ende de la suya. Esa risa, la de las navidades y la de las travesuras en octubre. La llave de ese cofre que oculta lo que algún día fui… a lo lejos. Se escuchaba en el jardín. Esta vez no fue una posesión ni nada atribuible a algo ajeno a mi lo que me llevó a dar la vuelta hacia la pequeña puerta que daba acceso directo al jardín, una pequeña puerta de madera que me llegaba a la altura del pecho, con nada más que un pasador que la mantenía cerrada. Oh, lo fácil que hubiera sido derrumbarla y correr directo a ella solo para tomarla en mi brazos y desaparecer en un perfecto atardecer. Pero bueno, que esto no es una pelicula, y eso es allanamiento, sin mencionar de que pensaría que ahora soy un loco peor que el que dejó. Así que solo recargué mis brazos sobre la puerta de madera y mi rostro sobre mis brazos, esperando a que ella entrara en mi rango visual. En mi tonto optimismo del día la imaginé jugando con su sobrina o con su mascota, quizá platicando con una amiga mientras tomaban una copa de vino, en el peor de los casos hablando por teléfono con alguien capaz de extraer esa hermosa risa de esa hermosa persona. Pero no, porque los optimistas lo son por convicción y por ello las cosas les salen bien, yo que soy un optimista oportunista, un optimista de pose, solo logro acertar a una de cada millón de expectativas que tengo, y ésta no fue una. Cuando por fin entró en mi rango visual lo primero que vi fue a ella agitando el cabello en el aire de una manera imposible, destellando rojos increíbles y contrastando con todo lo espantoso que el mundo ha hecho.
Después, detrás de ella, persiguiendola, el.
Me quitó el aire en un segundo. Sentí claramente como algo se rompía, se quebraba con violencia. Si esto fuera un animé hubiera escupido sangre después de tal golpe, en clara evidencia de todos mis órganos fallando.
En un mecanismo que ahora parecía más autodefensa que otra cosa cerré los ojos y me coloqué una vez más los audífonos que aún sonaban a todo volumen mientras esto pasaba, repitiendo en loop la canción que me llevó a ese lugar. Entonces comienzo a imaginar todo desde otra perspectiva. Ahora soy yo quien la persigue por el jardín, tratando de atraparla para darle un beso, tratando también de ser gentil para no lastimarla al momento de hacerlo, cayendo al césped mientras la abrazo y la protejo del golpe (Todos caemos, a pocos nos protegen.), acercándome lento a su cuello y dándole una pequeña mordida. Mientras el, o quien sea en realidad, pero que no sea yo, nos mira desde esa pequeña puerta de madera, que no separa por ser muy segura, si no por ser un abismo.
Entonces abro los ojos y comienzo a caminar de regreso.

Yo aún espero el día en el que mis sueños dejen de ser los cimientos de las realidades de otras personas.

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