Tres veces tres.




Es cuando quiero demostrar mi calidad humana cuando todo va a mal. Cuando trato de suprimir el infierno que llevo dentro lo único que logro es quemarme a solas, que hay quien dirá que es mejor que ir por ahí provocando incendios, pero no es lo mismo saberse miserable a solas que engañarte a pensar que tu miseria es compartida, que tampoco se confundan, todo esto de la miseria es como los calambres, cada quien los suyos. Pero sin desviarnos mucho del tema, porque hoy no encuentro tantas vertientes como otros días en mi pensar y eso hay que aprovecharlo, quiero contarles que todos estos días han sido días totalmente extraños. Cuando camino por la calle podría jurar que nadie me ve, que nadie se entera siquiera de mi presencia, así que ando por ahí viendo a la gente a los ojos y parándome en frente de ellos para tratar de incomodar, pero nada. Sonrío, pero nada. Grito, pero nada. Ayer tropecé… nada. Ya solo queda atribuirlo a factores externos, como a la tecnología, al calentamiento global, a la política, a los chacras, a Dios, a los desprendimientos astrales, a los hippies, a la guerra, al petróleo. Pero no, creo que no, creo que simplemente las personas ya no quieren ver mas allá de sus pestañas, y eso está muy bien, porque de este lado, en donde conservamos cierto espectro sentimental, las cosas son más bien oscuras, las cosas son más bien tediosas, porque andar por ahí con el corazón de avanzada te vuelve desconfiado, te vuelve retraído, te vuelve lo que soy, un espectro de aquél Jair. No debería sorprenderme el que nadie me vea. 

Hoy, por ejemplo, me asuste de mi propia sombra, y no hay hipérbole en ello ni mucho menos, en verdad desconfíe de ella como si se tratara de un enemigo declarado, como si se tratara del verdugo. Recuerdo que al verla siguiéndome a cada paso, certera, pensé “debería asesinarme”, pero no me refería a que la sombra en un acto peter panesco saltara por encima del pavimento y comenzara a acuchillarme. No. Me refería por completo a asesinarme a mí mismo, que es muy diferente a suicidarse, esos días ya pasaron. Me refiero a que esta división que tengo ya hoy en día de Jaires me ha llevado a pensar que de hecho soy capaz de matar a uno de los tres, al que hace base en mi sombra, que por si no se los he dicho ese es el número de Jaires que coexistimos en mí, tres. El que actúa, el que reprueba, y el que calla. Y bueno, al final me arrepentí porque al menos ellos si me ven.

De este lado los corazones se rompen, la lluvia es solo un pretexto al llanto, las despedidas son punzocortantes, pero sobre todo las tragedias son el pan de cada día. Y todo eso seguro ya lo he escrito en algún otro momento, o bueno, si no yo alguien lo ha hecho, no puedo ser tan novedoso como creo. Antes, cuando yo aún era parte de ese reino en el que hoy vive la gente, antes de haber sido desterrado, bailaba y tronaba los dedos al ritmo de las canciones. Ponía mi propio mix en las fiesta y convertía eso en mi fiesta personal. Jugaba a la ruleta rusa con 5 balas y repetía tres turnos sin perder. Pero eso era antes, antes de ser un cobarde. Ya no queda mucho de ese Jair, o quizá queda todo, pero se ha diluido entre los tres.

Por último quiero contarles que conocí a un genio. Fue en el metro. Un anciano subía las escaleras con una maleta obviamente demasiado pesada para él, me acerqué a él y le pregunte si le podía ayudar con su maleta, sin siquiera subir la mirada me rechazó y me dijo “Y cuando no estés tú ¿Quién va a ayudarme?”. Sonreí disfrazando el golpe y me alejé. Mientras me alejaba pensé que, por un lado, que grosero, pero por otro lado, bueno, eso yo lo entiendo perfecto.

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