No es que mi corazón sea frágil, es solo que el golpe fue muy fuerte.


Es el riesgo que tomamos, al ser vulnerables no sólo a aquello que amamos, sino también a aquello que nos condena, o aquello que nos define, y por supuesto al clima, sí, al clima.
Por ejemplo: un día caluroso hay quien lo ve como un regalo divino, un día para salir a pasear, tener un picnic, jugar con los niños, practicar algún deporte al aire libre. Pero para mí un día caluroso es vaticinio de un ataque de oligofrenia, es preámbulo de dolores de cabeza e incapacidad absoluta de congruencia entre pensamientos y acciones. Y así mismo podría darles un ejemplo de cada clima, que cada uno me afecta, no se confundan. Pero yo de lo que en verdad quería hablar es de la humedad, que hoy ha sido un día ridículamente húmedo, y a mí estos días me duelen, vaya, que eso no debería ser novedad.


Ya tiene tiempo de aquel día, me pregunto si aún lo recuerda. Era tarde y el teléfono sonó. Era ella, había estado tomando con una de sus amigas. Vino al parecer. Me preguntó si me gustaría pasarme por su casa por un rato, le dije que con gusto, y con gusto fui. Llevé una botella de whisky, seguro ya lo saben, pero el whisky es mi bebida de elección. Cuando llegué a su unidad departamental me recibió con un hermoso vestido a flores, las mejillas rosadas y el equilibrio afectado. Siempre bailábamos alrededor el uno del otro, en el fondo sabíamos estar enamorados, pero bueno, que en el fondo no es en donde se dan las relaciones. Vaya que había tomado, era mucho más directa que de costumbre, me abrazaba y se aferraba a mi a cada oportunidad, un encanto de mujer, de pies a cabeza. Me dijo que quería fumar, que si la acompañaba a la azotea . Cuando comenzamos a subir las escaleras ella se me adelanto, alcé la mirada y en ese momento, sin intención alguna en verdad, vi su ropa interior. Por alguna razón no recuerdo el color ni el diseño, pero le di un buen vistazo, no con morbo, lo juro, sino con anhelo, de una noche en la que quizás, por fin, pudiera quitar ese vestido y deshacerme de esa fastidiosa ropa, de poder recorrerla con los labios y no tener que mentirle un segundo más, ni a ella ni a mí, poderle decir de una vez por todas que cuando la noche cae y mi oreja toca la almohada, es su voz lo último que escucho, y que con su voz creo sueños en los que yo no soy tan idiota, en los que podría merecerla. Sí, yo nunca la merecí. Estoy seguro que si ella leyera esto, en aquella época u hoy en día, no creería una palabra de lo que estoy diciendo, pero es verdad, ¿Qué caso tendría mentir a estas alturas? A fin de cuentas ya la he perdido infinidad de veces.


Nos sentamos unos minutos en las escaleras, yo en el descanso y ella dos escalones arriba de mi, platicamos de tonterías y reímos de seriedades, como lo hacen los enamorados, hasta los de closet. Durante todo este tiempo volví a ver su ropa interior en un par de ocasiones, el vino la puso descuidada me imagino, yo tampoco quise decir nada por dos razones; primera, la vista, por supuesto. Segunda, y muy por debajo de la primera, casi asomándose en lo fútil, no quería avergonzarla. Seguimos a la azotea y cuando abrimos la puerta entré en pánico, había unas cuantas jaulas para colgar la ropa, y nada más, no había una barda ni nada que separara la orilla del abismo, y ella tomada. A ella no pareció importarle en lo más mínimo, la noche era fría, la noche era húmeda, el cielo nublado, sus manos suaves, sus pecas mas hermosas que cualquier cielo estrellado. La abracé porque temblaba, tenía frío pero era muy necia como para decirlo, nos recostamos cerca de la orilla y no dijimos nada por un buen rato. En cualquier otra situación aquella caída hubiera resultado en una tentación casi imposible de combatir para mí, pero en esta situación ni siquiera tuve tiempo de pensarlo, sólo podía pensar en lo bien que olía, en lo injusto que era. Verán, cuando por fin conozca a Dios, ya sea por mérito propio (Que lo dudo), o por introducción directa de Lucifer, lo tomaré del hombro y lo llevaré a una esquina privada, y con la cabeza de ambos agachada le preguntaré en voz baja "¿Qué esperabas?".  Y por supuesto que el sabrá de lo que hablo, pero por fines ilustrativos se lo diré a ustedes. ¿Qué esperaba cuando mandó un ángel de ese calibre a mi lado?, ¿qué esperaba de mí, que no soy más que un idiota? y ya lo hemos dicho muchas veces, lo soy. ¿Qué esperaba al hacerla perfecta y a mi vacío?, ¿qué esperaba al hacerme ver que lo único que separa a la tierra del paraíso es su amor?. Pero más importante que todo esto, ¿Qué esperaba al quitármela?. Y Lucifer reiría. Y Dios me vería a los ojos y probablemente me diría algo como "Es el riesgo que tomamos, al ser vulnerables, al enamorarnos".  Y bueno Dios, eso yo ya lo sabía.

La cuidé el resto de la noche hasta que llegó la hora de irme a casa. Hoy en día no recuerdo si tomamos de esa botella de whisky o no, pero recuerdo que no era una botella cara y que encima ya estaba empezada. Y recuerdo que era un día húmedo. Aquel día fue un día exactamente igual de húmedo que hoy, en el que, mientras corría por la mañana, me dí cuenta de que la humedad era tal que se comenzó a acumular en mis ojos, era tal que comenzó a gotear de ellos. Así que me detuve, me agaché y tomé mis rodillas, pretendiendo estar cansado, y lo único que pasaba por mi mente es si ella aún conserva esa botella de whisky.

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