El trono no es del rey, sino de quien ocupa ese lugar.
Extraño tus manos, ya lo he dicho, seguro que lo he hecho, pero no sé si antes lo había sentido de este modo. Cuando la herida estaba fresca cualquier presión que se le aplicara resultaba en un horrible dolor, cualquier brisa que soplara resultaba en ardor. Ya la herida tiene un poco de tejido cicatrizado por encima, ya no es tan fácil hacerla retorcer, sin embargo estoy aquí sentado, con el corazón latiendo más rápido que nunca, mis pulmones tomando menos oxígeno que nunca, en una especie de hiperventilación inducida por memorias, por memorias que ya no sé si recuerdo el tiempo en que pasaron o sólo recuerdo el tiempo en el que me propuse nunca olvidarlas, como aquel que escucha una historia tantas veces que la vuelve suya, como aquel que compra una guitarra y se jura músico, como aquel al que un día le cumplieron una promesa, y con esa promesa escribió una historia, solo para entender, al final, que lo que nos sobra de labia, nos falta de coraje.
Te recuerdo hermosa, en esos recuerdos y en esos recuerdos de recuerdos. Anoche soñé contigo, aún hermosa. Te olvido un par de veces al día, y te olvido hermosa. Te veo desde aquí, te veo hermosa, la más hermosa.
No es justo. Cuando reviso mis apuntes de aquella historia que escribí entiendo que el trono de aquel castillo que inventé, de ese imperio que imaginé, no me pertenecía a mi que me caractericé como el rey. No, el trono no es del rey, sino de quien ocupa ese lugar.


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