Nos pertenecen los huesos rotos.

Nos pertenece cada hora de esa historia, de esta historia, la cual siempre creímos que acabaría en un final feliz, en un para siempre juntos y dos ancianos enamorados sentados en el porche de su hogar, tomado té, con dos de azúcar. Y no pertenece también el cubetazo de agua fría, el golpe certero de realidad entre ceja y ceja, los finales forzosos y poco glamorosos, dos ancianos, cada uno en su propia tumba.
Nos pertenece aquél verano caluroso en la playa, bailando en la arena y sonriendo bajo la luna, tu subida en mis pies y yo bailando despacio al ritmo de las olas; llegando a la habitación en un arrebato de besos y caricias, entrando en la bañera en una sobredosis de abrazos, riendo. Sí, nos pertenece aquel día en el que me quede dormido contigo recostada en mi pecho dentro de la bañera. Y también nos pertenece el día siguiente, en el que huiste en cuanto pudiste de la cama, en el que te pedí que te quedaras y por cada buen motivo de quedarte encontrabas uno mejor para marcharte, en el que te fuiste y tiempo después marcaste solo para decir que ya no estabas en la playa; que tiempo después te arrepentiste de haberte ido, lo sé bien. Yo me arrepentí desde que la puerta cerró. Nos pertenece ese calor, nos pertenece esa frialdad.
Nos pertenecen los sueños de aquéllos años, de aprender francés y viajar por el mundo, de tener un gato, un perro y un hurón; el sueño de poner una pequeña boutique en la cual exhibiríamos nuestro arte; los sueños de una familia, los de una boda, los de un mañana. Sí, nos pertenece esa farsa. Y nos pertenecen también las pesadillas, cada quien con las suyas, en las que estudias francés por tu lado y viajas con tus mascotas, en las cuales exhibes no solo tu arte sino también tu hermosura por otro lado, a otros ojos, a otros labios. Y la peor de todas, esa pesadilla recurrente, en donde estás tú sentada en un sofá frente a tus hijos que te miran pasmados desde la alfombra persa de la sala, contándoles nuestra historia mientras todos ríen por lo hilarante de mi derrota, mientras tu le das un sorbo a tu café, con dos de azúcar, y volteas hacia la cocina en donde el alza su whisky hacia ti, te manda un beso y te guiña un ojo, y tú, tú te sonrojas. Todo ésto mientras yo, por otro lado, me encuentro sentado a la barra de un bar, mirando al bartender a los ojos rogado por su atención, mientras en voz baja cuento aquella historia, la misma historia, con lágrimas en los ojos y cicatrices en el pecho. Hasta el momento en el que me dice que la barra va a cerrar, y que si necesito un taxi para llevarme a casa, pero en mi mirada se nota que yo no tengo idea de en donde queda eso. Nos pertenece la tortura.
Y en estas últimas líneas por lo general pondría algo como “Nos pertenece la ilusión de reunirnos, ven, que la puerta está abierta”, o algo como “Y dime si regresarás, para permanecer cerca de la ventana, en donde te podré ver llegar”, pero nada de eso es verdad, la puerta está bien cerrada, con doble cerrojo; y cada día es más evidente que no regresarás; y en verdad que estoy cansado de esperar, el aire aquí es sofocante, quiero salir.
Nos pertenecen las memorias. Las mejores de mi vida.

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