It may not hurt now, but it’s going to hurt soon.
El foco de la sala titila, así que me levanto con una combinación de movimientos perezosos y me acerco a él, le doy un pequeño golpe con el dedo índice con la intención de arreglarlo, pero nada, acabo por fundirlo, como todo. Suspiro una vez y volteo la mirada a la cocina, vuelvo a suspirar y doy el primer paso; yo suspiro bastante, lo hago desde aquella vez en el parque en la que una anciana me dijo que cada suspiro te robaba un año de vida, yo suspiro bastante; llego a la cocina y abro la puerta de la alacena, enciendo la luz y con los ojos recorro los estantes, encuentro los focos, están entre las especias que ella usaba para preparar el único platillo que conocía, pollo al curry, y la máquina para hacer pasta que compró para mi aquel verano en una boutique a las afueras de Barcelona. Recuerdo bien aquel día, recuerdo haberle reclamado que era de pésimo gusto hacerse regalos a uno mismo en alguien mas, ya que el que cocinaba era yo (a excepción del curry claro), y ella, ofendida, me contestó que de peor gusto era sacar a la luz las artimañas de la persona a la que amas, la muy pilla.
Vuelvo a la sala y cambio el foco, pero olvido bajar el switch y me deslumbra al momento en que hace contacto. Y en ese destello viene incrustado un recuerdo, el recuerdo de los flashes y los gritos, del arroz y su hermoso vestido, el primer beso oficial y la primer noche de las que imaginé como muchas, los votos y las promesas, los sueños y los planes, un destello espantoso. Suspiro mientras me cubro la cara, queriéndome sacudir no el espabile sino el gancho al mentón. Cuando todo pasa decido poner una película, me acerco al estante en donde están, cierro los ojos y con el dedo dibujo infinitos, dibujo mentiras, hasta que por fin azoto el índice en una. Con los ojos aún cerrados abro la caja, saco el DVD, camino al mueble de los electrónicos, a tientas, y lo coloco, -Ah, la adrenalina- pienso, y se me escapa una carcajada. Me siento al sofá y abro los ojos, ni más ni menos, aquella película, de aquella época, en aquella cineteca elegante e íntima, de su mano. Y recuerdo que la vida tiende a darte los golpes a ráfaga, y recuerdo que entre más ridículo parezca el hecho de que tantas casualidad se alineen para recordarme su sonrisa más posible termina siendo. Pero ese micro infarto pasa rápido, se escucha afuera del departamento un grito -¡Adiós!- Y seguido al grito se azota la puerta. Me lo tomo personal y comienzo a imaginar la escena de aquello que pasó con la linda pareja del 302, los imagino discutiendo, él la engañó, lo hizo un par de veces, -Nada grave- pensaba él -Puedo parar esto en cualquier momento-, él en verdad creía que así sería, él en verdad estaba convencido de que aquello que llevaba fuera de su relación era algo medido, era un riesgo calculado, pensaba que no pasaría de un beso, y cuando pasó de un beso creyó que no pasaría de una noche, y cuando pasó de una noche se aseguró que no pasaría nada más, que no había forma de enamorarse porque el amor lo tenia en ella, su verdadero amor, pero había algo que nunca consideró, o que prefirió no poner en la mesa; que el amor, no importa como, o cuando, nunca es tan poderoso como esperamos que sea, nunca es tan estable como suponemos que será, un día pulula y al otro escasea. Para cuando se dio cuenta ya era muy tarde, el amor que era para ella ahora ya no se aseguraba para nadie, -Pero está bien- se dijo -Me quedaré justo aquí, en dónde lo tengo todo, excepto el miedo a perderla.- Y pasaron los días, y las noches volvieron a ser a su lado y las canciones a su nombre. Hasta el día en el que la verdad salió, porque hubo un pequeño detalle que olvidó, o quizás sólo intentó obviar; que el amor no es sólo aquello que nos prometemos a nosotros mismos, sino que también extendemos una invitación a la otra parte, y de vez en vez, esa invitación llega a manos valientes y se atesora en cofres resistentes. Y eso es justo lo que sucedió, que la amante se enamoró, y a diferencia de él no tuvo miedo de aceptarlo y resguardarlo, y los días sin él comenzaron, y la desesperación fue creciendo, poco a poco, hasta que llegó el día en el que no pudo más y sacó el estado de cuenta que robo un día de su portafolios, ese que llevaba dirección y número telefónico. Se dirigió a su casa porque el teléfono era demasiado informal. Para cuando llegó ahí lo único que encontró fue a ella, la amada, le contó la historia y salió llorando, la dejó llorando. Cuando él llegó a casa comenzó la discusión, volaron insultos, volaron lámparas, volaron ceniceros, volaron pedazos de corazón, de ambos; intentaron solucionarlo pero recordaron que el amor nunca es tan poderoso como pensamos que es. El salió de casa y ella grito -¡Adiós!- azotando la puerta frente a ella.
Al menos eso me imagino que sucedió, ¿saber?, no, yo no sé nada. Mi mente regresa a mi cuerpo y descubro que mi mirada esta fija en el cronómetro integrado en la pequeña pantalla que tiene el reproductor de DVD, los números me dicen que la película ya lleva 20 minutos de avance, -Dios mío como la extraño- pienso, y se me escapan un par de lágrimas.
Decido que no tiene caso extender este día ni un segundo más y que es hora de dormir. Me levanto y pongo todo de vuelta en su lugar, el DVD, las almohadas del sofá; apago la lámpara que en algún momento estuvo fundida pero ahora sólo no emite luz alguna, y camino a la habitación, a tientas. Y cuando por fin llego a la cama caigo de bruces, exhausto, ¿Cómo no estarlo?
Y en la cama y sus alrededores, han de saber, tengo instalados una variedad de objetos punzocortantes: navajas, vidrios, pica hielos, etc. Y seguro pensarán que todo esto es sólo un gran drama, una forma de exaltar el dolor. Pero si ustedes entendieran el alivio que siento al despertar y no poder distinguir entre las heridas que me causé yo mismo de las heridas que me causó ella, entonces no tendrían otra opción que consagrarme como un genio.


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