El primer acto humano de dios.
Ese lugar que conociste como un hermoso bosque lo reduje a una tundra, lo llené de rocas y lo salpiqué de nieve, le robé el calor de sus entrañas y lo inyecté de todo este frío que me envuelve. No me extrañes, no lo hagas. Porque yo ya no soy yo, y mis manos están aún más frías de lo que recuerdas. No me extrañes. No. Ya no. Eso déjamelo a mí, que aún cuando busco en lo más profundo de mi mente, ya no recuerdo tu calor. Que queda tan poca alma en mi que ya rara vez me arriesgo a sonreír por miedo a que uno de estos días se me escape entre los labios. No encuentro ya siquiera mis manos cuando están ante las luz de sol, no encuentro ya razones aún cuando las razones vuelan directo a mi cabeza. Es un desplome, es una tortura, es un circo, una broma, todo esto a lo que me reduje sin tu voz, como un gallo que no canta, como un cuchillo que no corta, como una rosa que no huele, soy el volcán que lanza ceniza pero nunca quema nada a su alrededor, la cascada que se evapora a media caída, el rayo que sólo cruza de nube en nube.
Y cuando todo se reduce a buscar ayuda, ya no le encuentro entre caras familiares, ya no la encuentro en los libros ni en las notas de mi canción favorita, ahora cuando que creo que tal vez podría usar una mano me doy cuenta de que no estaba tan equivocado en ese entonces, cuándo no consideraba que hubiera alguna cura milagrosa a este padecimiento, cuando no pasaba por mi mente la existencia de la panacea emocional. Pero tampoco es fácil sentirse indefenso, tampoco es un paseo en el parque ir por la vida tratando de apagar incendios masivos a pisotones, ahogandote en los charcos y asfixiandote en espacios abiertos. He estado considerando también el unirme a algún tipo de orden religiosa, no importa cual en realidad, con que tenga un dios al que le pueda pedir cosas imposibles, al que le pueda atribuir todas mis derrotas mientras mis victorias se las otorgo a mi talento natural. A quien pueda culpar cuando mi vida va en picada, a quien le pueda decir frases como “¿Porqué me abandonaste?”, “¿Qué es lo que he hecho para ganarme esto?” y pensar que en algún lugar se encuentra ese dios sintiendo lastima por mi.
Pero sobre todo, tener a alguien a quien, por las noches, después de un largo día, pueda llegar a casa e hincarme a un lado de la cama y pedirle que por favor estire la mano hasta donde me encuentro y me aplaste por completo con el dedo índice, que termine con toda esta miseria de una buena vez, que yo lo he intentado pero no cuento con la cobardía que el mundo piensa que se necesita, y mucho menos con el coraje que mis manos saben que se requiere, que por favor me borre de la mente de la gente que aún está a mi lado, que no lo haga dificil para la gente que me ama, que me borre por completo de sus memorias y me sustituya con algo más adecuado, como una buena mascota o un paseo en el bosque, que tome todo lo que quiera de mi y lo venda en el mercado negro de las deidades, que me imagino que algo podrá sacar de mis residuos. Que ya no sé que más hacer.
Entonces, cuando vaya camino al infierno, en mi antiguo volkswagen gris, con las ventanas abajo y mi canción favorita sonando a todo volumen, poder estar orgulloso de ser el poseedor de la historia de la primera vez que dios tuvo compasión.


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