Lograr caer cuando aún no has comenzado a escalar.
Entré pateando la puerta y la azoté detrás de mi, como tratando de hacer saber que un desastre natural acababa de cruzar el umbral; cayó el perchero que colgaba de la pared junto con una vieja foto de nuestro último paseo por la sabana africana, la pateé hacia la sala por si había quedado alguna duda de la fuerza de mi entrada, continué adentrándome con dirección hacia la habitación, azotando cada paso, derribando todo en mi camino. La puerta de la habitación estaba cerrada así que me debatí entre tirarla de una patada o azotarla del mismo modo en que azoté la de la entrada principal, por cuestiones complicadísimas de logística decidí proceder a hacer lo mismo que en la entrada, quién sabe esta vez que derribaría. Estaba listo, estaba listo desde que salí del trabajo y me subí a la moto, estaba listo desde que en la sala de copiado perdí el control y lance media dotación de papelería por la ventana, estaba listo desde que le dije a mi ahora antiguo jefe que se joda, que ese auto deportivo lo estará pagando por décadas, que a nadie engaña y que a nadie pavonea, estaba listo desde que le guiñé un ojo a la chica de la cafetería y ella a su vez me dibujó un corazón junto a mi nombre, podría quizás asegurar que nací listo, pero eso, tal vez, sería exagerar.
La puerta arremetió contra la pequeña goma que tenía instalada en la pared para no dañar los acabados y regresó volando directo contra mi nariz, oí claramente como algo se rompía, pero no era mi nariz, de eso estoy seguro. “¡Carajo!” grité con la cara ensangrentada, el eco se escuchó por toda la casa. Alcé la mirada con la firme intención de culpar a alguien de todo esto. Cuando por fin pude ponerme en pie, no sé si por el golpe o por la falta de sangre, mi cabeza se aclaró un poco. Verán, yo para lo que estaba listo era para comenzar una nueva vida, quería regresar a casa y decirle a mi mujer que todo se había acabado, que en realidad nada de esto debió haber comenzado, esta mañana estaba listo para poner en venta todo aquello que estaba a mi nombre y salir disparado de este lugar, estaba listo para abandonar la ciudad y no avisar a absolutamente a nadie mi destino, mucho menos mi paradero. Pero para cuando la puerta se azotó contra mi rostro lo recordé todo, que aquí nunca hubo una mujer, ninguna de planta al menos, que todo eso que poseo es más herencia que propiedad, como esta neurosis, como estos lunares, recordé que mi padre ya no está y que a mi madre le importa un carajo, recordé que todo esto de comenzar una nueva vida es solo una forma de decir que llevo años tratando de terminar con esta que arrastro a todos lados, como una cruz, como una cojera.
Me pusé un par de tapones de algodón en la nariz para parar la hemorragia y le pedí disculpas a mi perra que estaba arrinconada en una esquina de la sala, tome un vaso, le coloqué un hielo y me bebí la botella entera directo de la boquilla.


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